Izquierda Socialista

Diciembre 14, 2006

MUERE EL TRAIDOR AUGUSTO PINOCHET, QUE ASESINÓ AL PRESIDENTE SOCIALISTA “SALVADOR ALLENDE” Y A MILES DE TRABAJADORES DE CHILE.

Archivado en: General — @ 12:00 am

Lo único que los trabajadores y la izquierda en general lamentan, es que con su muerte, la justicia no ha podido condenar los crímenes que cometió durante la oscura y larga noche de su asesina dictadura de 17 años, que comenzó con el aplastamiento sangriento del gobierno de Salvador Allende por los militares y capitalistas chilenos.  Allende era el primer presidente socialista marxista elegido democráticamente en América del Sur. La muerte del tirano asesino está desencadenando  movilizaciones populares de masas, que vuelven a las calles de Chile exigiendo castigo para los responsables que todavía quedan vivos de la represión y oponiéndose a las políticas tibias del gobierno socialista de la Presidenta Bachelet. En bandos opuestos, los nietos del ex Jefe Militar Carlos Prats, que fue asesinado junto a su esposa en Buenos Aires en 1974 por orden del tirano y los nietos de Pinochet, muerto el domingo, renovaron una rivalidad que no ha sido sepultada con las cenizas del Dictador.
 
  

 

Francisco Cuadrado Prats, (nieto de C.Prats)  esperó pacientemente durante horas hasta ingresar el martes al velatorio de Pinochet de la Escuela Militar, donde, según  confirmó la policía, escupió el féretro y fue inmediatamente detenido. El “nieto de Pinochet”, capitán del Ejército chileno, da una arenga militar en el funeral en la que defiende públicamente el golpe militar dado por su abuelo que encabezó el genocidio del 11 de septiembre de 1973 en Chile.
 

Es necesario comprender por qué, pese al enorme apoyo social del que gozaban los partidos obreros (PS y PC), pudo imponerse Pinochet. Extraer las lecciones del proceso revolucionario chileno es de vital importancia para que los errores cometidos entonces no se repitan.

 
La victoria electoral de socialistas y comunistas (agrupados con otros pequeños partidos en la coalición Unidad Popular) el 4 de septiembre de 1970 expresaba el deseo de los jóvenes y trabajadores de acabar con el corrupto capitalismo chileno y transformar la sociedad. La experiencia de los gobiernos de la Democracia Cristiana (DC) había demostrado que el capitalismo no tenía nada que ofrecer, salvo miseria y explotación.
Todos los sectores de la burguesía chilena y el imperialismo estadounidense eran conscientes de que sólo podrían salvar su sistema aplastando este movimiento revolucionario mediante una dictadura.
 

 

Tan sólo les dividía la estrategia a aplicar. Un sector preparaba ya un golpe militar y organizaba bandas fascistas, como Patria y Libertad, aunque era todavía minoritario. El grueso de la burguesía y el imperialismo USA financiaban y utilizaban a estos sectores para desestabilizar al gobierno Allende pero temían que un paso prematuro significara la derrota, su táctica durante un tiempo fue boicotear la economía chilena y esperar a que la moral y entusiasmo revolucionarios de las masas se desgastasen.
A este sector pertenecía la Democracia Cristiana, cuya verborrea radical (en las elecciones hablaban de nacionalizaciones, revolución democrática, reforma agraria…) buscaba no perder a una parte de su electorado tradicional (clase media, campesinos, incluso capas obreras atrasadas), cada vez más radicalizado hacia la izquierda y, sobre todo, ganar tiempo hasta encontrar un momento más favorable para ajustar cuentas con la revolución. Empleaban la táctica del policía bueno y el policía malo: “Pactad con nosotros moderando vuestra política o vendrán los militares y la extrema derecha”.
 
Bajo la presión de las masas, el gobierno de Allende nacionalizó algunos de los principales sectores económicos (minas de cobre, carbón, hierro y nitratos, textil, multinacionales como ITT, etc.). Esto supuso un gran paso adelante que permitió aplicar reformas sociales y aumentar enormemente el apoyo e ilusión de las masas y su empuje para que el proceso siguiera avanzando. El socialismo parecía al alcance de la mano. Pero entre los dirigentes socialistas y comunistas el que éste fuese el objetivo y cómo conseguirlo no estaba tan claros.

La Unidad Popular era una coalición cuyo apoyo de masas se debía a los partidos obreros pero incluía también minúsculos partidos pequeñoburgueses que no representaban a nadie y eran la excusa para no aplicar medidas socialistas. La dirección del Partido Comunista defendía que no era el momento de luchar por el socialismo sino por la revolución democrática. Planteaban paralizar muchas de las nacionalizaciones y ocupaciones de tierra para no asustar a estos sectores de la burguesía supuestamente democráticos y no provocar una intervención del imperialismo (aunque como ya hemos dicho, éste estaba interviniendo ya: saboteando la economía, intentando desprestigiar y calumniar nacional e internacionalmente al gobierno, preparando así el terreno para el futuro golpe contrarrevolucionario).
 


Allende y otros dirigentes socialistas estaban más a la izquierda pero confiaban en que el socialismo se conquistaría gradualmente, a través de la profundización de las instituciones democráticas burguesas (parlamento, constitución, etc.). Evidentemente, los revolucionarios pueden y deben participar en el parlamento y otras instituciones, utilizándolos como altavoces para denunciar la explotación, corrupción e hipocresía capitalistas y elevar la conciencia y el grado de organización de las masas revolucionarias, así como para convencer a la inmensa mayoría de las masas de la necesidad de avanzar hacia el socialismo. Pero cuando la clase obrera amenaza los privilegios de los capitalistas, estos no dudan en utilizar sus instituciones, empezando por el ejército, para aplastar la voluntad popular. Los militares “demócratas” desempolvarán y utilizarán sus sables y no faltarán jueces y parlamentarios burgueses dispuestos a encontrar los argumentos legales y los discursos democráticos que justifiquen los crímenes. Siempre lo han hecho así.
 

Habría que preguntarse por qué fue derrotada la revolución en Chile. El heroísmo y la honradez de Allende no puede ocultar que estos dirigentes cometieron el grave error de no confiar en la fuerza de los trabajadores, jóvenes y campesinos, basándose en su movilización y organización para sustituir el aparato del Estado capitalista por un Estado obrero y culminar la revolución. Los trabajadores habían creado embriones de poder obrero (cordones industriales, consejos campesinos, Juntas de Abastecimiento y Precios —que luchaban contra el sabotaje económico—, etc.), las manifestaciones se sucedían exigiendo armas para el pueblo y la creación de milicias populares en las fábricas y barrios, para defenderse de los fascistas y del inminente golpe militar.
 
Aplicando estas medidas, y otras como la creación de comités de soldados y oficiales democráticamente elegidos y revocables en el seno del ejército para romper el control de la casta de oficiales burguesa sobre la tropa, hubiera sido posible escindir a las fuerzas armadas; hubiera sido posible, separando a buena parte de la base del ejército procedente de los sectores populares de esa casta de altos oficiales vinculada por miles de lazos (económicos, de nacimiento, culturales, etc.) a la oligarquía. También habría sido posible evitar que la inmensa mayoría de las capas medias apoyasen a la reacción arrastrando a un sector muy importante hacia la revolución.
 
Tanto las capas medias (por su posición social y por los prejuicios que infunde la burguesía) como los soldados (por el miedo, la rutina y la inercia que crea la jerarquía militar) necesitan ver fuerza y decisión en el bando revolucionario para sumarse a él.
 


Las jornadas de abril de 2002 en Venezuela son un ejemplo. La masividad y decisión de la respuesta popular contra el golpe fortaleció a los sectores militares que tenían dudas pero no se atrevían a romper la cadena de mando, arrastró a los guabinosos (al menos temporalmente) y aisló a los golpistas. Pero la victoria de la revolución sólo es definitiva cuando la clase obrera y los sectores populares consiguen desmantelar la estructura del ejército y del aparato del estado creada por la burguesía (esos miles de lazos que permiten a la burguesía mantener a la burocracia del estado y a la jerarquía militar bajo su influencia) y sustituirla por un estado obrero basado en la elegibilidad y revocabilidad de todos los cargos y en el control permanente de los representados sobre sus representantes. A esto hay que unir un programa claro, que transmita a todos los sectores vacilantes o sometidos a la presión de la burguesía, que la revolución supone una mejora decisiva en sus vidas pero además que está convencida de que va a ganar y tiene el programa para hacerlo.
 
En Chile también hubo un golpe, o más exactamente intento de golpe, (el tancazo) derrotado, pero Allende y sus colaboradores no sacaron todas las conclusiones y no escucharon el clamor de las masas pidiendo que se basasen en el poder popular (es decir que unificasen a todos esos comités y colectivos de lucha que estaban surgiendo en las fábricas y en los barrios desde abajo para sustituir a la maquinaria burguesa del Estado, que constituyesen milicias populares o creasen comités de soldados y oficiales revolucionarios en el ejército…). Si lo hubiesen hecho, la victoria de la revolución habría sido posible y, además, casi sin resistencia o con una resistencia muy débil. Los militares golpistas —con la base del ejército apoyando a la revolución y organizada, y un sector de la clase media apoyando la revolución o como mínimo sin apoyar la contrarrevolución— no habría encontrado ninguna base social y habrían sido reducidos con un mínimo esfuerzo.
 


Pero los dirigentes de la UP creían poder evitar un golpe confiando en el carácter democrático y supuestamente imparcial del ejército y en la negociación con los dirigentes de la DC, quienes estaban conspirando ya con Pinochet. El mismo Pinochet fue nombrado por Allende, quien confió en sus promesas de acatar la constitución y la voluntad popular. Los dirigentes también insistían en que organizar comités en el ejército o profundizar más rápidamente la revolución daría una excusa a los reaccionarios o al imperialismo para intervenir y cosas por el estilo. Pero, lamentablemente, se equivocaban: no necesitaban ninguna excusa, estaban interviniendo desde el principio, sólo buscaban el momento más favorable.
 
 
Los errores y vacilaciones de la dirección del proceso chileno —y su falta de claridad en la necesidad de avanzar hacia el socialismo ya— desarmaron ideológica y organizativamente a los trabajadores y los militares pudieron imponerse y aplicar la política de represión y ataques a los sectores populares que exigía el capital a nivel nacional e internacional.

El llamado “milagro chileno” fue en realidad un infierno para las masas, que vieron retroceder todos su derechos, conquistas y condiciones de vida y sufrieron la represión del Estado con miles de muertos y desaparecidos (que todavía hoy no han sido aclarados y cuyos asesinos siguen libres).
Las políticas de privatización y ataque al movimiento obrero y popular han continuado hasta hoy bajo los gobiernos de la Concertación —una coalición entre el Partido Socialista, y en sus inicios también el Partido Comunista, y partidos burgueses como la DC y otros— y lamentablemente siguieron bajo el gobierno del dirigente socialista Ricardo Lagos, que no sacó ninguna conclusión de la experiencia de hace 33 años, como demuestra el que fuese uno de los presidentes que en lugar de oponerse al golpe de abril de 2002 contra Chávez en Venezuela llegase al extremo de justificar éste y reconocer al gobierno fascista de Pedro Carmona El Breve.
 


Pero los trabajadores sí sacan conclusiones de la experiencia y las luchas sostenidas a lo largo de estos años, que ya empujaron a la dirección del Partido Comunista a romper con la Concertación y adoptar una política más a la izquierda, se verán reforzadas tras las movilizaciones que se están dando contra las medidas tibias de Bachelet y tendrán su expresión dentro de las filas de todos los partidos obreros y en particular del Partido Socialista.
 
La principal lección que los trabajadores chilenos y del resto del mundo podemos sacar de la triste y sangrienta derrota de hace 33 años es que no se puede pactar con los partidos de la burguesía, ni intentar convencer a estos de que se porten bien y nos dejen cambiar nuestras condiciones de vida, Sólo la lucha unitaria de las distintas organizaciones revolucionarias por el socialismo, por la nacionalización de los bancos y los principales monopolios, por sustituir las estructuras e instrumentos de dominación de la burguesía por un Estado obrero, en manos de los trabajadores y el pueblo, basado en el poder popular, en la elección y revocabilidad de todos los representantes a través de las asambleas y del control obrero y popular sobre las industrias y las fuentes de riqueza puede garantizar una transformación revolucionaria de la sociedad victoriosa y definitiva. Esta transformación, además, debe empezar en un país pero buscar inmediatamente su extensión a todo el mundo. Los trabajadores del mundo debemos estar juntos y luchar solidariamente en esta tarea de transformación socialista de la sociedad.
 

                                      MIGUEL C. y JOSÉ M.

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