MÁLAGA: De la Torre y la maldición de la inanidad.
Ahora resulta que, según Luis Portero, cuando Max Weber escribía El político y el científico estaba pensando en un político del futuro llamado Francisco de la Torre, su tío (de Portero, no de Weber) y nuestro alcalde. Ahí es nada. En un vibrante artículo, escrito a medias con Max Weber, Luis Portero nos hace un resumen de la obra del genial sociólogo alemán con el que pretende ilustrar la tesis de que mientras Zapatero, Chaves y Bustinduy son políticos muy malos, su tío Paco es un político sublime. Para ello se vale de la distinción weberiana entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Según Portero, los dirigentes socialistas son políticos de convicción, guiados por sus principios, y ciegos a las consecuencias de sus acciones. Del tipo de gente que con tal de llevar la democracia, los derechos humanos, el pluralismo político, la libertad religiosa y la igualdad de la mujer a Iraq, serían capaces de bombardear e invadir dicho país. No como Bush o Aznar, que son políticos inspirados por la ética de la responsabilidad. Hombres responsables que como su tío Paco, el alcalde, analizan fría y distanciadamente la realidad, y luego actúan con capacidad de decisión. Sin vanidad, sin confundir el liderazgo con la imagen, sin buscar la foto.
No tiene que esforzarse Luis Portero en convencernos de que De la Torre es un político sin convicciones. Toda su biografía política, desde sus inicios como presidente de la Diputación franquista, luego diputado de UCD, más tarde cargo de confianza del Gobierno Socialista de la Junta y ahora alcalde del PP, es un testimonio irrefutable de que para él las convicciones no son un asunto importante. Es lo que Weber llamaba un político de poder. Un hombre poseído por la vanidad “de aparecer siempre que sea posible en primer plano”.
Y hay que ver las que monta el alcalde para aparecer siempre en primer plano.El problema es que el político de poder, frente al que tiene una causa, carece de instrumentos conceptuales para tomar decisiones importantes. Todo es lo mismo para él, no distingue, no tiene principios, valores, proyectos; y cuando la sociedad que dirige se encuentra en una verdadera encrucijada, el político de poder trata de pasarle la pelota a otros. A los técnicos una veces, a los ciudadanos otras, a los poderes económicos siempre. Sin otra fe que su vanidad, sin otra idea que durar en el cargo, los políticos de poder, decía Weber, “llevan sobre sí la maldición de la inanidad”.
Una ciudad en sus horas decisivas en manos de un alcalde inane. De un alcalde que no ve más allá del beneficio inmediato de la próxima recalificación. Durante sus años de alcalde De la Torre sólo ha hecho honor a su primer apellido, su pasión y su blasón, construir hasta el último metro cuadrado de la ciudad, saturarla, convertir en dinero cualquier posibilidad de jardín, de parque, de polideportivo, de centro de mayores, de biblioteca. Es verdad que él no ha inventado la especulación, pero le ha entregado a los especuladores el diseño de la ciudad. Es verdad que ha tomado las decisiones pensando en sus posibles consecuencias. Pero las únicas consecuencias en las que pensaba eran en los beneficios que sus decisiones iban a producir a los más ricos y poderosos. Siete años de alcalde para arreglar la calle Larios y poco más. Siete años de alcalde para poner pegas a todas las administraciones y para exigir el peaje de su foto a cualquiera que inaugurara algo en la ciudad.
Le gustaba a Weber recordar la cita evangélica: “por sus obras los conoceréis”. Las obras del alcalde están dirigidas a producir esencialmente beneficios privados. Las obras de la Junta y el Gobierno están hechas para producir beneficios públicos. Las recalificaciones del alcalde revalorizan las propiedades de unos pocos. El Metro que hace la Junta revaloriza barrios enteros, el proyecto de la segunda ronda revaloriza toda la ciudad, el AVE o la segunda pista del aeropuerto revalorizan la provincia y la región.
Tiene razón Luis Portero cuando critica a quienes confunden el liderazgo con la imagen. Una imagen construida, con el dinero de todos, poniendo a muchos profesionales en la alternativa weberiana de elegir entre su pasión por la verdad y las perentorias necesidades de sus proyectos profesionales y empresariales. Pero haría bien en recordar la famosa obra de Oscar Wilde, contemporáneo de Weber. En El retrato de Dorian Gray, la cara oculta de ese hombre maduro y educado, al que tanto halaga, está escondida fuera de los focos. Es la Málaga que no sale en la foto, porque no encaja en la imagen del alcalde. La Málaga sin servicios sociales, la Málaga de los barrios saturados, para los que el PGOU no tiene un solo proyecto que los haga más bellos y amables para vivir. La Málaga de los jóvenes sin alternativas de ocio saludable, de los mayores solos, de los que dependen de la suerte para conseguir una vivienda. Pero el latido de esa Málaga es el que marca el ritmo de la vida de toda la ciudad y ese latido se acelera, porque intuye que pronto tendrá la oportunidad de olvidar una larga y mala experiencia y sustituirla por una nueva esperanza.
Enrique Salvo Tierra.
Concejal y Viceportavoz del Grupo Socialista del PSOE en el Ayuntamiento de Málaga.
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