EL DÍA DE LA TIERRA: LOS GRITOS PARA SALVAR EL PLANETA Y LA ALTERNATIVA DEL MARXISMO AL MEDIO AMBIENTE.
La crisis ambiental contemporánea ha obligado a las ciencias sociales a una puesta al día. En economía pueden encontrarse 3 grandes corrientes: la economía ambiental, que es la visión neoclásica y keynesiana; la economía ecológica, que busca utilizar las leyes de la termodinámica como criterios orientadores de la organización económica; y la economía marxista, que subordina la relación sociedad/naturaleza a las contradicciones productivas al interior de la sociedad humana.
En esta breve comunicación presentaremos la lógica de la economía ambiental, mostrando cómo la solución que propone es, paradójicamente, la demostración más clara del carácter no sustentable de la economía capitalista que defienden. También presentaremos la lógica de la economía ecológica, mostrando cómo su crítica externa al funcionamiento de la economía capitalista no permite explicar las causas de los problemas ambientales. Ambas corrientes económicas, la ambiental, y la ecológica critican al marxismo por no tener una teoría que de cuenta de la problemática ambiental. Por último, entonces, mostraremos cómo, aunque parezca paradójico, es precisamente el análisis marxista del capitalismo el medio para comprender las causas y tendencias de comportamiento del ser humano con su ambiente.
2. La economía ambiental
Ya en la década de los 20 de este siglo, Pigou (1948) sostuvo la necesidad de que las externalidades negativas sean contempladas por el Estado, imponiendo a sus responsables una tasa. De esta manera, el Estado corregiría las fallas del mercado; pero éste último seguiría siendo el mecanismo asignador de recursos.
Más modernamente, Coase (1960) plantea que el problema radica más en términos jurídicos que económicos. Si los derechos de propiedad abarcaran, por ejemplo, al aire que respiramos, cada quien podría exigir una indemnización a las fábricas poluyentes. Pero como no existe tal alcance jurídico, la propuesta de Coase consiste en que sea la negociación directa entre poluyentes y afectados quien resuelva el problema, descartando la participación estatal. Aunque con diferente propuesta de resolución, el mercado seguiría siendo el mecanismo de asignación de recursos.
Munidos de este instrumental teórico, los economistas ambientales avanzaron en la implementación de políticas tendientes a encarar los problemas ambientales. Por un lado, creando mecanismos de control y de planificación del uso de recursos naturales y de generación de desechos. Por otro, procurando instrumentos de mercado que otorguen precio a lo que el mercado libremente no da. El sólo intento de la economía ambiental de otorgar precio a cosas que “naturalmente” no lo adquieren constituye la demostración más nítida de que el mercado fracasó en la consolidación de una sociedad sustentable.
3. La economía ecológica
El análisis de la economía ecológica parte de los flujos de energía. Se basa, para ello, en las leyes de la termodinámica. En 1971 se publica el libro de Georgescu-Roegen La ley de la entropía y el proceso económico, donde pone sobre el tapete, nuevamente, el papel que los materiales deben tener en la gestión económica. Georgescu-Roegen hace hincapié en los recursos no renovables como amenaza para la sustentabilidad del proceso económico, y en la entropía resultante. Pero el auge de la economía ecológica no se da sino en los años siguientes, como respuesta al estado público que toma la crisis ambiental.
Una serie de autores (Georgescu Roegen, 1971; Ehrlich, Ehrlich, Holdren, [1980]; Naredo, 1987; Martínez Alier, [1991]; Daly, 1972; Boulding, [1980]), teniendo como base las leyes de la termodinámica, plantea una crítica a la concepción tradicional de la economía. Los ejes centrales de esta crítica son los siguientes:
1) El pensamiento económico tradicional ha considerado a la actividad económica como un sistema cerrado, aislado, reducido al ciclo producción-consumo. Todo lo que escapa a dicho ciclo, particularmente los recursos y los desechos, que antes de ingresar al ciclo económico (recursos) o después de salir de él (desechos) no tienen precio, no interesa a la contabilidad económica y, por tanto, al interés del empresario. Contra esto, la economía ecológica señala que la economía es un sistema abierto, inserto en un ecosistema (Planeta Tierra) cerrado. Este ecosistema Tierra es abierto en energía solar, pero cerrado en materiales. De allí que la actividad económica deba contemplar no sólo los productos dentro del ciclo económico convencional, sino aquellos que constituyen su condición: los recursos naturales; así como los desechos.
2) Al no reparar en los aspectos energéticos y en el carácter renovable o no de los materiales, la economía se mueve con ritmos basados exclusivamente en la dinámica de los precios, los cuales se contraponen con los ritmos naturales. Es necesario, por tanto, que la actividad económica contemple los diferentes ritmos naturales y, con ello, la distinción entre recursos naturales renovables y no renovables, así como la velocidad y posibilidad de recicle de los desechos.
3) A pesar de que, según la ley de la entropía, toda energía tiende a degradarse, cada modalidad energética puede ser distinguida según su calidad. Es decir, la capacidad de producir trabajo últil es diferente según la fuente energética y su modo de utilización. El análisis energético podrá servir de guía para la utilización de materiales energéticamente más eficientes y, por tanto, más sustentables.
La economía ecológica descansa sobre un análisis energético. Esto plantea una serie de dificultades. La primera es de orden científico-técnico, y puede ser formulada mediante la pregunta, ¿existen límites físico-materiales a la producción humana? La respuesta de la economía ecológica es un contundente sí. El argumento es simple: la Tierra es cerrada en materiales, por tanto un crecimiento ilimitado de la producción es inviable. Pero esto puede ser discutible por varias razones. La primera es que la vida en la Tierra también tendrá un límite. Se calcula que el Sol se extinguirá dentro de otros 5 mil millones de años. Entonces el problema es de ritmo y no de límites absolutos. Para ser correctamente formulada, la pregunta debería ser: ¿Crece la producción humana a un ritmo que plantea límites de abastecimiento de materiales en un futuro previsible? Creo que nadie se atrevería a dar una respuesta medianamente sólida, si consideramos la rápida variación en la tecnología, en las estimaciones de existencia de los principales materiales, y en los cambios en la dinámica de la población.
La segunda es de orden económico; y también la podemos plantear en forma de pregunta: ¿Puede organizarse una producción económica alternativa, que contemple los recursos y desechos, pero dentro de la lógica mercantil de la sociedad capitalista? La respuesta a esta pregunta implica un análisis de las tendencias intrínsecas a la producción capitalista y su relación con la depredación y polución de la naturaleza. La economía ecológica aún no ha realizado este análisis; de manera que sus planteamientos alternativos no engarzan con una propuesta política coherente. No conocemos si es posible una “producción ecológica” dentro del capitalismo; tampoco quiénes serán los sectores o grupos encargados de conducir tal proceso, como los que se opondrán.
La tercera es de orden político. Si la administración de los recursos naturales debe basarse en un análisis “racional” de distinción entre recursos renovable y no renovables, y según las contabilidades energéticas; ¿no lleva esto implícitamente a una propuesta tecnocrática de decisión económica, tal vez mucho más alejada de las voluntades explícitas de los economistas ecológicos que la propuesta marxista de politizar la economía?
4. Límites de la economía ambiental y ecológica
Más allá de las dificultades con que se enfrenta la economía neoclásica y keynesiana para abordar el tema ambiental, y de la crítica de la economía ecológica, existe un problema irresoluble para estas teorías económicas: la propia existencia de externalidades; y la separación en la práctica entre ecología y economía. Unos se enfrentan a la necesidad de considerar las externalidades; pero, ¿por qué existen externalidades?. Otros se enfrentan a la necesidad de anexar criterios físico/energéticos a la economía; pero, ¿por qué están separadas ecología y economía?
La base de funcionamiento del sistema capitalista consiste en que las empresas abandonan involuntariamente la organización y destino global de la producción al mercado. Es el mercado el que, elevando los precios de ciertas mercancías y deprimiendo otros, sugiere a las empresas qué producir, y con qué tecnología y recursos. Es también, a través del mercado, que el producto global es distribuido entre la población. De esta forma, la decisión de las empresas respecto de los recursos y desechos está acotada, por el análisis costo-beneficio, a las posibilidades que los precios exteriores le imponen.
El resultado de abandonar al mercado la organización global de la economía es, paradójicamente, la existencia de la economía por un lado, la política por otro, y la ecología por otro. Si en lugar de empresas independientes, la producción fuese resultado de la asociación consciente de los productores, no habría un criterio externo como son los precios impuestos por el mercado. Los recursos naturales con sus diferencias en renovables y no renovables, así como los criterios energéticos, y la polución “sin precio de la economía capitalista”, entrarían por igual en las decisiones, junto al resto de los medios de producción y el trabajo. Lo que hoy son esferas de actividad e interés separadas: economía, ecología, política, (para lo cual se requieren de instrumentos y políticas para relacionarlos) constituirían una unidad. No habría, entonces, externalidades; todos los elementos físico-materiales y sociales de la producción serían, de por sí, internos. No habría separación de ecología y economía; la contabilidad sería material y sobre criterios políticos, los conocimientos físico-energéticos de la ecología, y los sociales de la economía, sencillamente estarían, de por sí, unidos.
La historia del pensamiento económico es elocuente al respecto. La humanidad siempre realizó actividades económicas. Pero la posibilidad de pensar a la economía como una ciencia en sí, separada de la moral, de la ética, y de la política, sólo surgió en torno al siglo XVII en Europa, cuando la práctica separó la economía de la política. La generalización de la pequeña propiedad mercantil cambió el eje de las decisiones económicas. Si en todas las formas premercantiles de producción, la decisión política-violenta del señor feudal, del pueblo conquistador, del estado tributario, del esclavista, era quien obligaba al trabajador a la generación de un excedente; la pequeña producción mercantil deja en manos del propio productor, dueño de sus medios de producción, la decisión. Bajo la pequeña producción mercantil nadie obliga a producir, y menos un excedente, salvo, claro está, las presiones de los precios del mercado, que obligan como una ley invisible a aumentar permanentemente la productividad, so riesgo de la quiebra económica. Por primera vez en la historia, de manera generalizada, la actividad económica se separa de la política. Desaparece la coacción extraeconómica, esto es, política, para producir. Es por ello que el nacimiento de la economía como ciencia, como un cuerpo de conocimientos específico, desligado de los razonamientos éticos, morales, y políticos, ocurre a partir del siglo XVII en Europa. Y aunque las relaciones reales entre economía, política y ecología siempre existen, también es un hecho que la división social del trabajo no siempre es igual. Es esta división del trabajo que separa, bajo la producción mercantil, y más acentuadamente bajo la capitalista, las actividades económicas de las políticas, y las distintas ciencias entre sí.
Hemos mostrado los límites de la economía neoclásica-keynesiana y ecológica por no partir de una crítica al propio funcionamiento del sistema capitalista. Pero también hemos desmitificado la supuesta neutralidad de la economía institucional, al mostrar que la solución requiere revisar las propias relaciones capitalistas, mostrando que la solución es, antes que técnica, política. Parafraseando a Marx, una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo, la apropiación privada de la naturaleza se manifiesta como superflua y nociva. (En Marx: “…una vez alcanzado cierto nivel de desarrollo la propiedad del suelo se manifiesta como superflua y nociva….” (Marx, [1894] 1981:801).
5. Marxismo y medio ambiente
Cuando Engels, en “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” daba cuenta de las implicaciones de la posición erguida, de la liberación de las manos, y de la fabricación de instrumentos, llegó a la conclusión de que la principal revolución que aquello había ocasionado no era en la transformación de la naturaleza, sino en la autotransformación de la sociedad humana. Con ello el marxismo se pone al frente de todas las corrientes de estudio de la cuestión ambiental que toman a la sociedad humana como un todo y la relacionan con el resto del mundo vivo y abiótico. El marxismo muestra que el relacionamiento del ser humano con su ambiente está mediado por la propias relaciones interespecíficas; y que, dentro de éstas, son las relaciones sociales de producción las que gobiernan al resto.
El punto de partida para el análisis de la crisis ambiental contemporánea está en la propia producción mercantil. Mientras la producción precapitalista de valores de uso tiene su límite en la satisfacción de las necesidades; la producción mercantil para incrementar la ganancia no tiene límite alguno. Esta diferencia, tan sencilla y general, está en la base del agotamiento de los recursos naturales a un ritmo nunca sospechado en la historia de la humanidad; y también de la generación de desechos (polución) en una medida ilimitada.
Pero la producción capitalista es una modalidad de producción mercantil con leyes particulares. Una rápida mirada a estas leyes permite mostrar las sólidas interconexiones entre sociedad y medio ambiente.
Primero, las leyes más generales que se derivan del movimiento del capital. Tanto la tendencia al incremento de la rotación del capital para aumentar la ganancia, como la tendencia al abaratamiento del capital constante, constituyen la explicación más contundente del avance del capital sobre espacios y materiales de la naturaleza no mercantilizados a ritmos crecientes.
Segundo, el papel del suelo como barrera a la inversión de capital, y su explotación capitalista y propiedad, como medios de sustracción de una parte del plusvalor global generado bajo la forma de renta explican, por un lado, la tendencia a la privatización y mercantilización de la naturaleza. Por otro, la depredación de los recursos naturales para lograr ganancias extraordinarias (renta diferencial II).
Tercero, el efecto de la producción capitalista sobre las clases trabajadoras. Por un lado, mostrando que el sistema capitalista es el único que, impulsado por la expansión mercantil, no soporta otros modos de producción a su alrededor y, con ello, tiende a la destrucción de la diversidad cultural. Por otro, al convertir a la fuerza de trabajo en mercancía, la sujeta al crecimiento de la composición orgánica del capital y a los vaivenes de la oferta y la demanda, generando despilfarro de trabajo humano en la forma de desempleo, miseria, y enfermedades. Y, mediante la división clasista del trabajo, limita las posibilidades de la creatividad humana.
Cuarto, los efectos globales de la dinámica capitalista se expresan en recurrentes crisis y guerras, que son la expresión más clara del desperdicio de recursos materiales y humanos.
6. A manera de resumen: volviendo sobre las críticas al marxismo
Los ecologistas y ambientalistas suelen plantear dos tipos de críticas al marxismo. Una, que éste es productivista; que reifica el desarrollo de las fuerzas productivas, cuando la realidad contemporánea ha demostrado el lado negativo del desarrollo científico y tecnológico. Se trata de un grave error. El método de Marx se basa en la conexión entre el proceso técnico material y la forma social que asume. Supongamos el análisis de la tecnología; o de una máquina en particular. En una primera instancia, en el análisis en sí de la máquina, ésta representa un mecanismo que cumple una determinada función. En este sentido suplanta fuerza de trabajo, aumenta su productividad, y su utilización implica una liberación del trabajador respecto de la actividad que realizaba.
Si el análisis hubiese quedado allí, las críticas serían pertinentes. Sin embargo, Marx continúa su análisis y señala cómo, bajo relaciones capitalistas, la máquina asume el carácter de capital constante. Ello significa que se relaciona con el trabajo como trabajo asalariado; de manera que la liberación de la actividad del trabajador se convierte en desempleo. O, por el contrario, la máquina se mantiene al margen de la producción mientras la fuerza de trabajo está, en cantidad y precio, por debajo de las necesidades y el costo de uso de la máquina; como sucede en muchos ingenios cañeros, donde las cosechadoras mecánicas son un medio de control del alza de los salarios, o los vaivenes de la oferta de fuerza de trabajo, y permanecen normalmente paradas en los garajes a disposición. Lo que en términos más abstractos aparecía como liberación de cargas físicas, en un nivel más concreto y ajustado a la forma históricamente determinada del trabajo, es un elemento material que relega al trabajo vivo del proceso productivo, o bien compite directamente regulando los salarios y la oferta de fuerza de trabajo.
Tampoco termina allí el análisis de Marx, prosigue y señala cómo dicha máquina, al intercambiarse por trabajo asalariado, al adquirir la forma de capital constante, sirve a los efectos de valorizar el propio capital, mistificando el origen del trabajo excedente, al hacerlo aparecer como resultado indistinto de todos los factores de la producción. No satisfecho, prosigue.
En una tercera instancia, la máquina también asume la forma de un elemento de la composición orgánica del capital; esto es, en la proporción en que se intercambia con el trabajo vivo en la rama en que está actuando. Con ello participa en la competencia interramal por la nivelación de las ganancias. Colabora en el aumento generalizado de la composición media del capital y la caída de la tasa media de ganancia. Descenso de la ganancia que es el arranque de la crisis capitalista. De manera que en ningún momento el análisis marxiano de las fuerzas productivas es un análisis per se, sino un recorrer las diferentes fases que asume bajo relaciones sociales históricamente determinadas.
Además, el análisis marxista de las fuerzas productivas nunca oculta el carácter destructivo de dichas fuerzas. Marx muestra cómo la producción capitalista genera obsolescencia moral de los productos; o cómo el carácter mercantil de la producción destruye permanentemente aquellos valores de uso que no logran venderse. Explica las guerras como luchas intercapitalistas por la apropiación del capital o su destrucción. Y, lo que es más grave, muestra la destrucción de la vida humana misma, directamente a través de las guerras, enfermedades y miseria, o indirectamente, a través de la explotación en las empresas capitalistas.
La segunda crítica dirigida al marxismo es que éste no contempló a la naturaleza en su teoría del valor. La crítica está mal direccionada. Son las relaciones capitalistas que no dan precio a los recursos de la naturaleza no monopolizable, o a los desperdicios contaminantes. Marx sólo revela lo que ocurre en la realidad. Pero, como suele acontecer, los economistas neoclásicos y ecológicos confunden la realidad material con las teorías. Y, como las de ellos son teorías para corregir el capitalismo, otorgando precio a lo que no tiene, o extrapolando medidas físicas a la economía, hubieran querido que también Marx diera una idea de cómo mejorar las relaciones capitalistas con la naturaleza, y se niegan a entender que la teoría de Marx se oriente a derribar al capitalismo y no a corregirlo.
GUILLERMO FOLADORI.-
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